Aquello del amor

 El año pasado entré en crisis varias veces por una cuestión fundamental de la vida que me esquivaba todo el tiempo: el amor. Pensaba, ¿por qué no me pasa a mí? ¿Dónde está eso que estoy buscando y que me hace bien? El amor es algo tan complejo, incluso podemos pensar de que es un 'ideal inalcanzable', como Dios, que podemos conocer pero que nunca podremos abarcar del todo. Y a primera vista parece algo tan lejos, tan hermoso pero tan distinto. Es ese cuadro que admiramos y que soñamos con adentrarnos en su mundo, esa historia de ficción que moriríamos por vivir. Después de tantos fracasos amorosos, uno aprende a retraerse, a tenerle miedo, nos encierra en nuestra propia burbuja bajo la ilusión de que estamos seguros de aquello que nos hizo tanto mal. Y cuando menos lo esperás, te cae un mensaje.

Vivir el amor es una experiencia compleja. Es volver a levantarse cuando no tenés fuerza, es esa inspiración que despierta una chispa de ilusión en un corazón frío. Y morir de amor, irónicamente, es la única forma de volver a vivir. No porque cuando uno ame pierda su vida, sino porque lo que te enseña quien amaste te transforma completamente. Nunca vas a ser el mismo de antes.

Y aquello que yo pensaba que me evadía, que se me escurría de entre los dedos cuando lo quería abrazar, era precisamente lo que tenía que soltar para que viniera a mí. No se puede perseguir el amor, porque no se busca, se encuentra. No se controla porque no es una posesión, y no se intercambia porque no es material. Es un proceso delicado y exhaustivo, a veces es lento y nos saca de los nervios, como también es fugaz y resplandeciente. Desde mi perspectiva, amar no sólo son las grandes experiencias o los gestos significativos, es el día a día, es cambiar para ser mejor. Porque el otro se lo merece, cada día más.

Pero también requiere profundidad, charlas incómodas, quedarse cuando las cosas salen mal o cuando no podés más. Es una metamorfosis interior, donde cada fibra de tu ser se retuerce y se alinea con lo bello del sentir. Cuando todo está mal, el amor es lo que permanece. Y siempre se queda, evoluciona, es recíproco y transformador. Es complejo porque somos complejos, y es simple porque no es nada más de lo que aparenta ser. Es algo que no podemos ver, pero podemos sentir. Es poder descansar en el otro, incluso en tu peor faceta, en tu peor momento. Te ilusiona y te motiva a soñar en grande, así como también es estático y seguro, es un hogar que te acompaña donde quiera que estés.

Posiblemente no se pueda abarcar del todo, pero podemos conocer que es tan inmenso como sabemos que es. Es un motor de confianza, un arranque que te incita a vivir otro día, a proyectar tus sueños en equipo. Es la parte incompleta que encaja con tu imperfección, aquello que reconocemos del otro que no podemos explicar de nosotros mismos. Un lenguaje universal del bien, del cual aprendemos a hablar no con palabras, sino con el corazón.

No nos pertenece, sino a quien amamos. Es esa pistola cargada que entregamos confiando en que no nos va a disparar. Es la expresión máxima de la fe, quizás no en nosotros mismos, sino en aquello que creemos que es cierto y porque lo creemos se hace verdad. Definir al amor es tan difícil como al arte, es una experiencia humana que trasciende de sí y nos eleva. Es el animal que para montarlo hay que soltar las riendas, cuidarlo y alimentarlo.

Amar nunca va a ser sencillo, y las crisis no van a desaparecer. Pero para admirar ese cuadro, primero hay que pintarlo. Requiere dedicación y paciencia, pero es la historia de ficción que queremos hacer real. Y lo mejor de todo, es que nunca termina de irse. Es ese fuego, que cuando cenizas deja, nos advierte de que algo, incluso sin haberlo querido, se quemó.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

¿Quién sos cuando nadie mira?

Las nuevas relaciones del Siglo XXI

Auto-mayéutica del amor